En mitad de una noche cerrada de mayo, las huellas de los turistas en la arena mojada se iluminan al contacto con la bioluminiscencia. Caminan en silencio, no quieren molestar a los cocodrilos que los vigilan en una laguna a pocos metros de la orilla del océano Pacífico. De vez en cuando rompen la oscuridad con una luz roja —más respetuosa con la visión nocturna de la fauna local— para esclarecer cualquier sombra que se parezca al animal que todos ansían ver. Buscan a las tortugas marinas. Cualquiera de las seis de las siete especies que existen que se acercan a desovar a Escobilla, en la costa de Oaxaca. Esta playa es una de las que más registros de llegadas de tortugas tiene el mundo, y la población busca a través del ecoturismo crear consciencia y proteger a una población amenazada. Cuesta creer que a este turístico santuario, apenas una generación atrás, las visitas que llegaban eran pocas y en su mayoría buscaban comerciar o degustar uno de los platos más icónicos: los huevos de tortuga.
